Guía · 3 min · Inmersiones
El descenso en submarinismo: técnica y seguridad paso a paso
Recuerdo mi tercer bautizo como instructor, con una chica de unos veintitantos años que bajó los primeros tres metros en apnea sin que nadie le dijera nada, pura inercia del pecho hacia adelante. En el momento en que la presión empujó su máscara, el pánico estuvo a punto de dar al traste con toda la inmersión. Ese día entendí que el descenso no es solo bajar: es el momento en que el cuerpo y la mente negocian con un entorno para el que no estaban diseñados.
Los primeros metros: comprobación de seguridad y flotabilidad
El descenso empieza antes de hundir la cara en el agua. Con el equipo puesto y en superficie, el chaleco hidrostático (jacket) debe estar completamente desinflado para no crear resistencia. La señal entre compañeros confirma que los dos sistemas de suministro de aire funcionan y que el lastre está bien ajustado. Una vez acordado el punto de inmersión, se purga el regulador, se hace una respiración profunda y se inclina el cuerpo hacia adelante.
A tres metros de profundidad es obligatorio hacer una pausa breve. En ese rellano de seguridad se revisa visualmente el equipo del compañero: ¿salen burbujas por algún lado que no deberían? ¿El octo está en su funda? ¿El chaleco responde al botón de deflación? Estadísticamente, según datos de DAN España de 2022, el 34% de los incidentes registrados durante inmersiones recreativas se producen en los primeros cinco metros de la bajada, cuando el buceador aún no ha adaptado su flotabilidad. Esos noventa segundos de revisión ahorran muchos disgustos.
Compensación de oídos: la maniobra que nadie practica suficiente
Cada metro de agua suma 0,1 bar de presión sobre los oídos. Lo notas en cuanto sumerges la cabeza: una molestia sorda que, si la ignoras, escala a dolor agudo. La maniobra de Valsalva -tapar la nariz con los dedos y soplar suavemente- equilibra la presión en el oído medio. Lo importante es hacerla antes de que duela, anticipándose cada metro en los primeros diez. Una vez que aparece el dolor, el tejido ya está irritado y compensar se vuelve mucho más difícil.
Existe una alternativa a Valsalva menos invasiva: la maniobra de Frenzel, que usa la lengua como pistón sin necesidad de soplar. Requiere práctica en seco, pero resulta más eficiente a profundidades mayores y es la que usan los apneistas de competición. Si tienes dificultades crónicas para compensar, prueba a bajar los primeros metros de pie en vez de cabeza abajo: la posición vertical favorece la apertura de la trompa de Eustaquio.
Velocidad de descenso y control de flotabilidad
La velocidad recomendada es de 9 a 18 metros por minuto, o lo que es lo mismo, tomarse el tiempo suficiente para compensar sin correr. Un error muy habitual en buceadores recién certificados es inflar el jacket para frenar y luego seguir descendiendo sin desinflarlo: el resultado es que llegan al fondo sobreinflados y pasan la inmersión saltando como canguros.
La regla práctica es usar la respiración como control principal y el jacket solo para ajustes grandes. Al exhalar, el cuerpo pesa más y baja. Al inhalar, sube un poco. Un buceador con buena flotabilidad neutra desciende en una espiral lenta controlando la velocidad únicamente con el ritmo de la respiración. No lo conseguirás en la primera inmersión, ni en la décima; hacia las cincuenta empieza a volverse automático.
Nivelación final y la primera mirada al fondo
Al acercarte al fondo, reduce la exhalación para que el cuerpo frene de forma natural. Nunca toques el fondo con las manos ni con las aletas: un gesto brusco levanta sedimento que puede tardar veinte minutos en asentarse, estropeando la visibilidad para todo el grupo y, peor, dañando organismos que han tardado décadas en crecer. Con el punto de flotabilidad neutra estabilizado, haz una respiración completa, mira alrededor y empieza a explorar. El descenso ha terminado; la inmersión, acaba de empezar.
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